09/02/2011

Dolor y sal


Una característica mía siempre fue llorar. Y no digo defecto ni cualidad, simplemente característica. Se puede considerar mala o buena, yo sólo digo que tengo el llanto fácil y no lo puedo evitar. A esta altura me cansé de, me cansé de ver mi rostro marcado por caminos de sal. Si me contengo, sé que puedo no lagrimear, al menos con determinados temas. Hace varios meses que intento controlarlo. Si veo muertes en las noticias, no lloro, sólo hago una mueca de indignación, si me peleo con alguien, no apelo al llanto, solamente pienso y, a pesar de estar triste, cierro mis ojos y duermo un rato. Las películas dramáticas fueron dejadas de lado pero, si alguna vez miro alguna, permanezco de piedra a pesar de los finales desgraciados. Vamos, no es la vida real, no tengo ganas de que mi pecho se cierre, mi garganta arda y mi rostro se contraiga en muecas de dolor, no, no es necesario por algo ficticio.
En todo esto sólo hay un problema. Hay algo que desata los nudos que me mantienen, algo que vuelve de algodón mi corazón, algo que derrite mis ojos de hierro y los vuelve lágrimas… un simple algo me hace flaquear aún en los momentos más felices. Es un recuerdo que no supero, algo que me quemó e hizo que mi interior estallara provocando una catarata, un volcán o, mejor dicho, un llanto imparable.
En todos mis años solamente quise a una persona. Todo era perfecto. Bueno… en realidad no, pero estando a su lado todo parecía ser un sueño hecho realidad. Vivimos muchos años de risas, preocupaciones, y todo lo que las personas padecen a lo largo de una vida. Pero al final del día, a pesar de todo, dormíamos tomados de la mano. Y ese simple hecho es algo que supera a todo el mal del mundo. Eso es mayor que cualquier enfermedad, que cualquier problema económico y que cualquier desacuerdo de convivencia. Y aún así, él me dijo adiós. Todavía no sé si me amó alguna vez como yo creía que hacía. Aún no comprendo el motivo de su abandono y, lo que menos entiendo, es cómo, luego de eso, alguien pudo juntar mis pedazos rotos. Lo único que entendí en todo ese maremoto fue un adiós. Y fue lo último que oí salir de sus labios. Esa palabra jamás nadie pudo sacarla de mí. Y, hoy en día, esas cinco letras son el único motivo por el cual lloro. Así que me prometí a mí misma no decirla, pensarla ni escribirla jamás.

Antes de ayer, una de mis hermanas, me aconsejó que volviera a escribir. Renegué por un rato con ella, hasta que logró convencerme. Le dije que hacía años que no lo hacía y que no tenía idea por dónde empezar. A esto, contestó que empezara por mi autobiografía, pero que sea una extensa y detallada. Lo estuve pensando unos días, hasta que decidí sentarme frente a la computadora y comenzarla. Ella tenía razón, necesitaba las palabras otra vez, a pesar de que ellas fueran un reflejo de mí misma y no contaran nada nuevo. En realidad… siempre cuentan algo nuevo. Dejé la tarea por terminar para el día siguiente. Llegado el momento, pensé y tecleé por un par de horas, hasta que una gotita cayó sobre una de las letras. Había roto una parte de la promesa, había pensado en él y en esa palabra pequeña que era tan grande para mí. Sin motivo la dije en un susurro. «Adiós». Inspiré profundo, conteniendo el aire en mis pulmones que se contraían en dolorosos espasmos. La escribí, terminando de romper mis nudos internos. Expiré todo el aire entrecortadamente, cerré los ojos y silenciosas lágrimas se escaparon de ellos. Mi garganta se bloqueó, al igual que mis pensamientos. Y una sucesión de imágenes reales y de ensueño pasaron por mi mente. Seguí respirando dificultosamente durante unos minutos. Encontraba mi pecho cerrado. Parecía que alguien quisiera hundirme liberando todo el peso del mundo sobre mí. Me levanté despacio y, abrazándome, me recosté en mi cama. Dejé que mi interior se vaciara. Y no simplemente lloré ese adiós. Lloré las muertes que anunciaban en los noticieros, las películas dramáticas y tristes, lloré los problemas y la soledad, lloré todo lo que una vez había guardado.
Desperté por la tarde, aunque era casi de noche. Mi boca tenía sabor a dolor y sal. Mis manos estaban tatuadas con las arrugas de la sábana que había estrujado contra mí. Tenía un débil latir de tristeza y un cierto desgano en mis huesos. Aún así me levanté y preparé un té con limón. A pesar del dolor y el cansancio, había una sensación nueva y extraña para mí. Me hallaba libre y renovada. Había limpiado lo que siempre me había dado miedo limpiar. Y ese algo terminó arrastrando consigo a cosas cotidianas que crearon más telarañas dentro de mí. Pero, inconscientemente quizás, logré hacerlo.

No tengo mucha idea de cómo empezaré mañana el día, ni de cuántas veces volveré a llorar. Pero sé que hoy no todo terminó tan mal. Y me alegro de haber roto esa promesa… esa que nunca tendría que haber hecho. 


08-02-2011

2 comentarios:

  1. Que bonito Shika.
    Sentirse triste pero bien luego de desahogarse, llorar con ganas, con el dolor en el alma por el daño que alguien más ocasionó.
    Lindo escrito

    ResponderSuprimir
  2. ¡Gracias por comentar! Me alegra que te haya gustado. Me pasaré por tu blog =)

    ResponderSuprimir